Sí, creces, creces, creces. Déjame que te cuente de nuevo, lector mío, lo que tú ya sabes, el triunfo y la gloria de Rafael Nadal, ahora sobre la británica hierba y ante el mundo entero. Que si siempre es todo bien en la vida efímero y, como se dice, flor del día, hoy, en la civilización de las pantallas, impenitentes leviatanes vomitadores de las más extravagantes imágenes, apenas lo mejor dura algo más que un parpadeo, pues la propia pantalla receptora a que se ha reducido ya nuestra mente, ávida de continuas y fugaces sensaciones que por un instante la impresionen, pide ya espacio para la próxima chaladura. El otro día recreábanse las televisiones con un demencial concurso de devoradores de perritos calientes. Tras la hazaña de Nadal el domingo en Wimbledon, nuestro gran Ministro de Deportes, tan disponedor él cuando frunce el morro, debería, -ya que la de Cultura debe seguir embelesada con Belén Esteban-, haber decretado un apagón televisivo no inferior a un año de plazo, con el sólo fin de que la gesta con holgura se asentara en las cabezas españolas entre nuestros más escogidos recuerdos. Contarla con palabras en internet, cuando conspira todo hoy contra el prestigio de las mismas, es, aun siendo risible asunto, noble quimera a la que no piensa uno renunciar.
Después de ganar sobre la tierra francesa y de recuperar así el puesto de primero de la fila, tenía que afrontar Nadal el duro reto de la hierba londinense tras las lesiones del pasado año, superficie que le exige un exigente adiestramiento y una ardua adaptación mental y física, por completo diferentes a los de la tierra batida, su salsa más íntima. Además, en el previo torneo de Queens había sucumbido un incómodo Nadal a las primeras de cambio, por lo que los habituales anubarrados y amoratados cielos de Londes parecían a la vez ahora un paisaje real y una metáfora de su personal situación.
Tras derrotar, después de un partidazo pletórico, al héroe local, el escocés Murray, se encontró en la final al espigado Berdych. Venía el “látigo checo”, -tal es la tralla que imprime a su golpe natural-, exhibiendo amenazadoras trazas, con inflamadas ansias por conseguir su primer gran torneo, habiéndose desembarazado antes nada menos que de Federer y Djokovic, sobresalientes rivales y por encima de él en la tabla que les clasifica. Le tenía además ganas el checo a Nadal después de una lejana pendencia pública que a ambos enfrentó en un torneo madrileño.
A cualquier otro pudiera haber intimidado ese cúmulo de obstáculos. No a Rafael Nadal. 6-3, 7-5, 6-4. No le dio la más mínima tregua al checo. Desarrolló Nadal un partido portentoso. Reveló la final de Wimbledon un tenista fuera de serie, que a los veinticuatro años, para maravillado pasmo de todos, ha sido capaz de madurar hasta límites supremos en el desenvolvimiento su juego, sacrificando a veces la espectacularidad del mismo a la más plena seguridad y concentración, al concienzudo estudio del rival, al dominio consumado en el ritmo del juego, a la continua variación en los golpes para ablandar y aun desconcertar al oponente, a la superación más que notable de su saque, permaneciendo incólumes la garra, la determinación y la fortaleza mental que le han puesto ya en la puntera Historia del deporte de la raqueta.
Clavó su grandioso passing-shot final, ganó al fin, se dejó caer con los ojos hacia el cielo sobre la hierba, liberó su cabellera, les sonrió a sus íntimos, hizo luego una graciosa voltereta, como un infante alborozado, y al elevar el trofeo contra el cielo de Londres, con palabras sencillas recordó Nadal el sueño que para los españoles supone el ganar sobre la hierba. Hasta no hace tanto era tan raro elemento la hierba en España que en admonitorios carteles se prohibía a todo el mundo incluso pisarla. Fue muy hermoso contemplar a Nadal ganar su octavo gran Slam. Y no tanto por la simple victoria en sí, vano fetiche vacuo que hoy “como sea” se busca, cuanto por la forma sobresaliente en que él la persiguió y la obtuvo. Por todo el mérito que en él se agolpa.
Pasarán los años y con ellos caerá sobre todos nosotros la máquina infernal del tiempo. Pero, lector mío, como dice el célebre poema de Wordsworth, “aunque ya nada podrá devolvernos la hora del esplendor en la hierba, y de la gloria en las flores, no hay que afligirse, porque la belleza perdura en el recuerdo”. Eso, Nadal en el Wimbledon del 2010.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario